No quiero ser olvidada

Paciencia. Mi abuelo me dijo que para cuidar un alma, lo principal es tener paciencia. Debo ponerme en su lugar ¿Cómo me sentiría al saber que estoy muerta y que todo lo que recuerdo debo dejarlo atrás? Debo olvidar a mi madre, padre, a mi hermana menor, a mi abuelo. Incluso tengo que olvidar a la tienda de antigüedades. ¿Cómo me sentiría? Horrible, claro. De solo pensarlo, me asalta un sentimiento de tristeza tan grande.

Vivir y trabajar en este tipo de tienda es un arma de doble filo. Te hace apreciar la vida y tener ganas de juntar demasiados recuerdos, para irte despidiendo de ellos con lentitud. Pero, a su vez, te mantiene atado a la tienda, cuidando de que otros olviden su vida y que pienses que quizás sea bueno no tener experiencias, porque de esa forma no lamentarás nada después de muerta.

Para vivir tranquila y empeñarme en ser una buena cuidadora, me aferré a la última opción por dos años. Dejé de ver a mis amigos, porque no quería extrañarlos. Dejé de comer mis postres favoritos o leer libros nuevos. Dejé de conocer personas, y me limité a estudiar el arte del cuidado de almas, leyendo y leyendo el libro de mi bisabuelo.

A la tercera participación en una subasta, dejé de ir, porque me estaban gustando demasiado. Así que dejé que mi abuelo vaya solo o con mi tía, mientras yo me quedaba en la tienda, viendo películas con las almas.

Dejé atrás la esperanza de enamorarme. En conclusión, dejé de vivir.

 

Entonces, llegó el alma número 22.

Claro que me acordaba de él. Llegó a la tienda moldeado en el cuerpo de su reciente vida, ese joven, con la piel variaba entre el marrón y el dorado, como quien había estado mucho tiempo expuesto al sol. Su cabello ondulado y oscuro. Cuerpo largo y delgado. Sí, él venía repetidas veces a la tienda y me hacía sacar muchas cosas hasta que se decidía a comprar algo. Era la única persona de mi edad que entraba a la tienda y verlo, traía un poquito de vida.

Pero entonces murió y cayó en la tienda, produciendo un golpe seco que me obligó a subir a su encuentro, donde lo encontré mojado, boca arriba, todavía atravesando ese camino que las almas pasan para abandonar el cuerpo. Esa fue la primera vez que lloré por la muerte de un desconocido.

 

―Abuelo ¿Puedo preguntarte algo?

Estábamos los dos solos. Él me dictaba los nuevos productos que había conseguido en una subasta y yo me encargaba de registrarlos y más tarde, ponerles precio.

―¿Mmh? ―él alzó la mirada de sus papeles por unos microsegundos y luego los volvió―. Dime.

―¿Por qué las almas tienen que olvidar sus recuerdos?

Aunque el silencio estaba instalado de antes en la oficina, ahora se volvió un poco más notable. Parecía que hasta el reloj de muertos se había detenido para preparar el ambiente. Mi abuelo, pausado, alzó su mirada y me observó por un rato, posiblemente mediando sus palabras. Sabía que sí yo hacía una pregunta así, luego de releer cientos de veces el libro de mi bisabuelo, es que algo no iba bien. Y la verdad es que había algo que no iba para nada bien.

―Bien… ―comenzó, resoplando por su gran nariz. Mi abuelo tenía una nariz muy grande, que por suerte no vino en mi gen y pude sacar la nariz pequeña y refinada de mi papá―. Las almas están obligadas a despojarse de sus vidas pasadas. No siempre ocurre, porque todas tienen su propia autonomía, como te habrás dado cuenta. Las almas son rebeldes, no hay ni un alma que encuentres que sea sumisa y respete las reglas a rajatabla. Sin embargo, nada de lo que hacemos es perjudicial para ellos; al contrario, los preparamos para mantener una vida perfecta, libre de problemas.

>>Si las almas se aferran aunque sea a una memoria, esa memoria podría crecer en la vida nueva y acarrear otros problemas. Hay cosas sin problemas, como la gente homosexual, por ejemplo.  Almas que renacieron en el sexo opuesto y se aferraron a su antiguo amor. También están las que nacieron en su mismo sexo y tenían esa mismas preferencias en su pasado, lo hay de todo. Lo malo es cuando los recuerdos que dejan en ellos son los malos…

En este punto, mi abuelo se reclinó y se cruzó de brazos. Mi pregunta había desmarañado una serie de pensamientos y preguntas que él mismo se hacía.

―Cuando las almas vienen y les damos la orden de escribir sus historias. Que empiecen por donde quieran, pero todo. Lo primero que escriben es lo bueno y dejan lo malo para la mitad o lo último, pero lo dejan… También tenemos esas almas “especiales”. Esas donde vivir era una obligación, que esperaban para morir para poder liberarse de todo. Es triste no poder darles el descanso esperado, y ahí es cuando a veces nos enfrentamos a las “malas almas”. Hay almas cargadas de furia, de tristeza, de soledad. Almas que solo quieren dormir por toda la vida y no enfrentar nada. Esas almas no escriben, y sacan muy poco. No encuentran liberador plasmar sus historias en los papeles y les cuesta. Algunas, poco a poco, van lograndolo, pero otras… ―La mirada de mi abuelo se enturbió, pero aclaró rápidamente cuando me miró, recordando que seguía allí, que mi pregunta seguía rondando por la sala―. Si no se despiden de sus recuerdos, les persiguen los sueños en las nuevas vidas. Retazos de sus vidas pasadas. Fobias también, soledad, depresión. Ven caras conocidas en la calle y no pueden comprender por qué ver a esa persona les trae tanto dolor y nostalgia, o miedo. Tienen dejavus constantes. Es lo de menos, pero las fobias, los trastornos mentales, eso es lo grave.

―Tenemos mucha responsabilidad en nuestras manos ―agregué, casi pensando en voz alta. Él me dio la razón asintiendo lentamente y cada uno se sumió en sus propios pensamientos.

Pensé en el Alma 22, en Bastian. Pensé en el día que decidí “dejar de juntar experiencias” y que, como enviado por el destino (aunque no crea en esas cosas, fue mucha coincidencia), él abrió la puerta e ingresó con su mochila a la cabeza, cubriéndose de la lluvia sorpresiva y me regaló una amplia sonrisa llena de confianza.

― ¿No te molesta? ―me preguntó, refiriéndose a si podía esperar un poco a que la lluvia pasara. No, no me molestaba en lo absoluto, como tampoco me molestó verlo semana tras semana, tanto en la tienda como pasando por fuera, deteniéndose unos segundos en la vidriera.

Cada día pensaba en cómo sería su vida. Me hubiera gustado preguntarle qué estudiaba, cuántos años tenía o cómo se llamaba. Si vivía allí o estaba de paso en lo que duraban sus estudios. Me hubiera gustado saber tantas cosas de él, que ahora solo las inventaba, mientras lo veía saltearse sus labores de alma, jugando con la única alma masculina que mantenía cerca, “Luis”.

Claro, tenía una solución a todo eso, pero sería desobedecer una de las reglas más importantes del contrato de cuidador. Bajar a la habitación de almas y leer la historia del Alma 22.

Un cuidador nunca debe ir a la habitación de las almas ni saber la historia pasada de las almas que desconoce. Así como tampoco se puede trabajar con almas de familiares o amigos. Esas van a parar a otras tiendas, porque, claro, no somos la única tienda que tiene este trabajo. Y no todas las tiendas de almas son de antigüedades. Algunas son fábricas, colegios, hospitales (los más populares), hasta peluquerías. Lo único que se requiere para ser una tienda de Almas, es tener un cuidador capaz de verlas.

Que Bastian haya caído en mi tienda había sido algo del destino en que no creo. Verlo, más que traerme felicidad, me confería una tristeza honda, un pesar helado en mi pecho. Contradecía todas mis ideas y mis reglas. Porque yo quería que Bastian viviera, quería olvidar que estoy tratando con alguien muerto y que en algún momento de mi vida, él iba a escribir su último recuerdo de mí y entonces, comenzaría a mirarme con los ojos grises que cada alma tiene cuando ya está lista para vivir otra vez. No quiero ser olvidada.

La que cambia

 

Estoy sosteniendo la copa de champagne o sidra. No recuerdo qué fue lo que elegí entre todo el tumulto de corridas y cuentas regresivas. Cuestión que en mi mano llevo una copa helada de una bebida a la que solo le daré dos sorbos y dejaré de lado, porque las bebidas con gas no me agradan. Siempre pienso que hubiera preferido tomar una copa de agua o jugo en lugar de ese vino espumoso, pero tampoco me atrevo a ir en contra de la tradición de las fiestas. Ni siquiera es una tradición, pero yo la puse así.

Nunca me atrevo a cambiar las cosas en esos minutos, porque aunque sea una estupidez, pienso que esos minutos son los esenciales del inicio. Los primeros minutos dicen cómo irá todo y yo no quiero que por beber agua en esa fecha, mi vida cambie y me escupa de mi zona de comfort.

En fin, sin irme por las ramas, allí estoy, sujeta a la copa de la bebida que no beberé, parada en la vereda, viendo los casi nulos fuegos artificiales. Cuando veo los fuegos artificiales me pregunto si soy o no una buena persona. Me pregunto si la gente me mirará mal por desear que haya más fuegos artificiales, gigantes, de todos los colores. Ansio que el cielo se llene de estallidos y chisporroteos por doquier, de figuras, de olor a pólvora. Pero entonces, alguien me dirá que piense en los animales, en su miedo y siento algo de pena, sí, pero me da más pena ver ese cielo vacío. Pienso que a partir de ahora, voy a tratar de dejar mis deseos tontos y pensar en los animales. Total, estoy empezando de nuevo.

El año nuevo no es especial, pero me gusta tomarlo como tal. Aunque me digan que no es más que otro día como todos, para mí es especial. En parte se debe a mi inmadurez mental, esa que le pone nombres a los objetos sin vida y magia a los días normales. Año nuevo es especial, tal vez por mi mente abarrotada de películas románticas, donde la gente encuentran al amor de su vida o a las oportunidades únicas para triunfar. De todas formas, yo sé que no tendré nada de eso, porque no salgo de casa en esa fecha. Porque lo único que hago es acostarme en la cama y esperar a que inicie un año sin esperanzas de nada.

Pero no puedo evitarlo. Sosteniendo la copa de algo que no voy a beber, internamente, pido cambiar para darme mis oportunidades. No pido que el año sea diferente, pido ser yo la distinta.

Alma Nº 22

Alma me puso un nombre. Aunque le dije que tenía uno, ella me dijo que lo mejor era olvidarlo y llamarme de otra forma. Pensándolo bien, tiene razón. Todo lo que viví en mi cuerpo anterior ya no regresará y de nada sirve que siga aferrado a esto. Conclusión, me puso un nuevo nombre: Bastian, alma número 22 (En su registro personal).

Así, comencé a vivir mi nueva vida como Bastian en la tienda de antigüedades, a la espera de un nuevo contratista con un cuerpo que habitar. Mientras tanto, intentaba ocupar mi tiempo libre (que era mucho) en otra cosa. Lectura, ayuda en la tienda, limpieza y sobre todo, conquistar a Alma.

Sin embargo esto último no solo era difícil. Era complicado. Alma era inalcanzable e intocable (ignorando que la materia de la que estaba hecho no es compatible con lo concreto). Primero, porque tenía sumamente prohibido hablarle de mí o de mi vida pasada. No podía decirle lo que estudié, lo que conocía, lo que vi. Nada. Entonces pensé ¿Cómo puedo conquistar a alguien si no es hablándole de mí?

―¡Por Dios! Pídele que te hable de ella ―me dijo Luis (¿Luis? Alma 94 en el registro del cuidador querrás decir, diría Alma con su vocecita de Yo sé todo y tú no sabes nada porque estás muerto).

Luis era mi mejor amigo. Un alma masculina a cargo del abuelo de mi “cuidadora”. Había llegado en 1997 y todavía no tenía un nuevo contratista, lo que lo convertía en el alma más antigua de la tienda. Estaba amoldada al cuerpo de un hombre adulto elegante. Ni él ni nadie sabía si era el cuerpo de su vida pasada, simplemente despertó un día y estaba con esa forma. Era a Luis a quien yo le contaba todos mis pesares de alma y, en secreto, le contaba cosas de mi vida pasada. Él, en cambio, ya no recordaba casi nada de la suya. El cuidador lo había obligado a desatarse de todos sus recuerdos, y únicamente recordaba su llegada a la tienda.

En fin, tras haber machacado la cabeza de mi amigo con mis lamentos de enamorado, Luis saltó con la solución a mi vida. Si Alma no tenía interés en saber de mí (Se perdía de conocer a una gran persona) entonces yo sabría de ella. Eso, al parecer, no rompía ninguna de las reglas de ese libro viejo y destrozado que siempre leía.

Esa noche, luego de que Luis se pusiera a  dormir, comencé a hacer una gran lista de preguntas que siempre quise hacerle en vida. Por ejemplo, qué le gustaba comer, o beber. Si le gustaba salir. Escuchar música. Prefería el helado o la ensalada de frutas. Todo lo que se me ocurrió, lo escribí.

(Ah, por cierto, las almas dormimos. Pero no es como ustedes, los humanos, duermen. Es un proceso distinto… Pero no está en mis manos explicarlo. Ese es el trabajo de mi cuidadora. Aunque quizás lo haga después. Alma no tiene porque hacer todo en esta vida)

Cuestión que esa noche no “dormí” en lo absoluto y esperé hasta las 8:30 agazapado detrás del mostrador a que aparezca ella. Puntual, apareció tras la puerta con sus cuadernos, su cabello siempre inflado y enrulado, y su caja musical abrazada a su pecho. Esperé pacientemente a que prendiera las luces, abriera las persianas. A que subiera las escaleras, fuera al cuarto de estudios, donde llegaban las almas nuevas. Por fin, la vi caminar hasta el mostrador. Cerca, más cerca… más.

―¡Alma! ―exclamé saltando de mi puesto para revelarme.

El grito de Alma perforó mis muertos tímpanos y por un segundo, creí que vendría a mi lado a acompañarme en mi mismo estado. Pero, antes de que alguno pudiera reaccionar y muy pegado a su grito, se percibió un estallido contra el suelo, seguido de unos zumbidos suaves. La caja musical de Alma había caído al suelo.

―¡Nooo! ―gritó mi cuidadora, tirándose al suelo con desesperación, intentando cerrar la caja y atrapar un algo invisibles a mis ojos―. Las almas no. No puedo perderlas, no. No.

Mientras ella se lamentaba, intentando meter cosas en la caja, con los ojos ahogados en lágrimas y angustia, yo descubrí algo a mi frente. Era una especie de diente de león, aunque también me recordaba a una pequeña medusa. Estiré la mano para tocarla, cuando el grito de Alma me detuvo.

―¡No! ¡No se te ocurra tocarla!

Luego, la tomó entre sus manos y la guardó en la caja, comenzando a contarlas.

―…diez, once, trece… Trece, sí. Trece, están todas ―Cerró la caja y se abrazó a ella, con los ojos cerrados y un suspiro hondo de alivio. Así permaneció por unos largos segundos, mientras yo, con la boca semiabierta, buscaba hablar y tratar el tema que había venido a tratar: Enamorarla.

Pero entonces, sus ojos se abrieron y antes de que yo pudiera soltar una palabra, su mirada de alivió cambió por una encendida, inyectada en odio.

―¿Qué estabas haciendo allí? ¡Sabes perfectamente que las almas no pueden salir hasta que uno de los cuidadores aparezca! ―me recordó algo que ya sabía.

Alma tenía la manía de repetir las órdenes todas las mañanas. Para las almas antiguas era un dolor de huevos, pero para las nuevas (aunque lo ignoraran) era necesario. Porque si eran como yo, se les olvidaban a cada rato. Esta orden, en cambio, la recordaba muy bien, porque fue lo primero que Luis me dijo cuando le comuniqué mi plan.

―Te estaba esperando ―le respondí simplemente, con un tono inocenton que buscaba ser perdonado. Su rostro volvió a enrojecer de bronca, aunque percibía cierto desconcierto. Creí que iba a decirme algo más, a volver a gritarme, pero simplemente cerró sus ojos y exhaló un suspiro lento y hondo, hasta que vi su rostro calmarse.

―Vete a las habitaciones ―me dijo, resoplando con fastidio y pesadez, intentando no alterar su voz.

―Pero tengo que…

―Vete y luego hablaremos― me interrumpió, dejando la caja musical en una esquina apartada de mí, por precaución―. Ahora regresa que debo abrir las puertas y preparar la tienda.

―¿No puedo quedarme? Quiero ver la luz del amanecer. Hace mucho no la veo…

(Lector, en las habitaciones de las almas no hay ventanas. Ni una sola… Es más, creo que ni siquiera debería llamarse habitación cuando se trata de un simple sótano, sellada a cal y canto. Tampoco tenemos luz, pero eso no importa porque para nosotros no existe la oscuridad cegadora. La única oscuridad que vemos en la de nuestra muerte. Tampoco hay camas, baños o espejos.)

―No, sabes que no puedes. Vuelve, por favor. Se hace tarde. Vuelve ―me insistió repetidas veces. De haber podido me habría empujado y sé que lo ansiaba, porque vi el amague de sus brazos por hacerlo. Por unos segundos, posiblemente, Alma y yo ansiamos lo mismo. Estar vivos para tocarnos… Claro, con diferentes intenciones.
Regresé al sótano a regañadientes, apretando en mi puño la lista que horas antes me había hecho sentir orgulloso. Ahora me apenaba tanto que la partí en pequeños trozos y la eché detrás de unos cuadros viejos, una zona que nadie barría nunca, y bajé en búsqueda del consuelo de mi único amigo. Pero éste continuaba durmiendo así que me aparté, esperando a que despierte.

¿Quieres saber cómo “duerme” un alma? Sinceramente, no sé por qué le llaman dormir. Lo que hacemos, al bajar al sótano es escribir nuestras historias. Todas las noches escribimos algo que recordamos de nuestras vidas y lo plasmamos con las palabras que se nos venga a la mente. Ejemplo, si recordamos que tomamos helado, escribimos “frío, dulce, agua, suave, azúcar, agradable”; o bien, formamos un texto coherente. Todo está permitido. De esta forma, escribiendo, nos vamos deshaciendo de nuestro pasado. Cuando ya somos un alma sin nada que escribir, nos ponen “a alquilar”. Casi todos los días se van dos o tres almas.

Me extraña que Luis, con su cantidad de años, todavía no sea un alma lista. Cuando le comuniqué mi preocupación, él dijo: Viví una vida larga y aún no ansío volver a ella, al sufrimiento. Aún tengo recuerdos de los que no me quiero apartar y perder, así que voy lento, a mi paso.

Decidí imitarlo. Si no enamoraba a Alma, entonces aguardaría a su lado por mucho tiempo, hasta que venga a mi lado. Y es que si estar en otro cuerpo significa olvidarla, prefiero pasar el resto de mi vida como alma.

No me quiero

No, no me quiero.

 

Así comienzo mis días desde los quince años. No me quiero y punto. Nunca me quise. Hubieron momentos que dije en voz alta “Sos genial y lo sabes”, pero por dentro no era así. ¿Y por qué lo dije entonces? Para satisfacer a los demás. Para hacer sentir bien al otro y que se quede tranquilito, que no me voy a hacer nada. Pero yo no me quiero y nunca me quise y, posiblemente, nunca me quiera.

 

He visitado psicólogos, sí. Tres psicólogos diferentes que me hicieron sentir mínimamente bien, pero no lo consiguieron. También me llené de lecturas sobre autoestima y quererte a vos misma, que sos única, que lo importante es valorarte a vos misma y todo lo demás. Todo eso que nos venden día a día. Pero, no. Yo no me quiero y lo acepto.

 

No me quiero cuando estoy rodeada de otras personas que triunfaron. No me quiero cuando escucho que hablan de personas que se casaron, tuvieron hijos, son felices y demás. No me quiero nunca.

 

Me quiero un poquititititito cuando escribo. Cuando mi cabeza se aleja un poquito de esas comparaciones inevitables que me hago hasta con las rocas y puedo dejar que las palabras fluyan tan hermosas. Pero, en un segundo, me vuelvo a odiar porque me olvidé de tal palabra, porque no recuerdo como se escribe esta otra o porque tal oración me quedó tan trillada que da asco.

 

Me odio cuando lloro por mí. Porque me siento tan débil y estúpida. porque me muerdo las lágrimas para no sentirme patética, porque considero debilidad llorar por mí cuando debería llorar por otras cosas. Por chicas que aparecen muertas, por gente tras las rejas que debería estar libre y viceversa. Por el hambre, la pobreza y la injusticia. Porque leo a todos y siento que no tengo que pensar en mí, sino que vivir actuando para hacer feliz a todo el mundo. Entonces, mi odio se desencadena de vuelta en que no hago nada por hacer el mundo feliz, porque vivo malhumorada y triste, y odiándome. Porque hago todo difícil. Porque voté a Macri. Porque no sé un choto de política y porque no me interesa, entonces me odio porque debería interesarme por esas cosas.

 

Me odio porque siento que no maduro más. Y esta es la máxima razón, supongo. Me odio porque soy cualquiera, porque no crezco (mentalmente)

 

Me detesto porque me dejo influir a los demás. Porque siento que tengo que ser como ellos constantemente, que tengo que imitarlos en todo. Que si no fumo, soy una tarada. Si no me gustan ciertas bebidas, soy idiota. O porque no tengo interés en probar drogas.

 

Me odio porque odio mi cuerpo. Y odio mostrarlo. Y no puedo aceptarlo como es, porque aun ahora no puedo hablar de mi cuerpo sin sentirme avergonzada. Ni siquiera me gusta pensar en mi cuerpo. Odio usar pantalón corto, remeras escotadas, chancletas o musculosas. Entonces voy a la playa con remeras o vestidos para que no se vean mis piernas blancas y gordas. Todas llenas de celulitis y estrías. Y odio no ser despreocupada como todas las demás personas que se pasean en bikini.

 

No me quiero por mi cara, por mis labios resecos, mi nariz, mis cejas, mis ojos, mis pestañas, mi cicatriz bajo el labio. No me quiero en absoluto por mi cara. No, no, no me quiero nada cuando pienso en mi cara. En todo los defectos que tiene. Mis lentes, mis ojos. Mi sonrisa, mis dientes, mis muelas, mi lengua. la manía que tengo de morderme la parte interna de mis cachetes. Me odio por estar siempre tensionada y sentir que la cabeza me va a estallar por la presión, por mi mandíbula, por mi cuello que constantemente duele.

No me quiero por mis gustos. Porque me gusta escuchar música y luego me pongo a pensar: ¿qué mierda haces escuchando algo que no es para personas de 24 años? Me odio porque me avergüenzo de eso. Porque ni siquiera sola soy capaz de escuchar música o ciertos grupos sin pensar: ¿Qué pensarían si te escucharan o te vieran escuchando esto?

 

No me quiero porque no quiero enamorarme de nadie. Porque no quiero tener novio, ni esposo ni nada. Y porque la única persona que quiero y que me gusta, no pueda tenerla por la distancia. Me odio porque es la única persona que me hace superarme día a día en escritura y lectura. Y porque, me quiero un poquito cuando pienso en él y empiezo a bromear. Y me odio porque me avergüenza hablar de él o reconocer que me gusta y porque me lo tengo que guardar porque “no hay nada más estúpido que querer a alguien que vive lejos”.

 

Me odio porque quiero estar sola y “¿Quién en su sano juicio quiere estar sola? Está tan mal estar sola”. Porque no me gusta salir de casa y pasear acompañada. Me odio porque quiero caminar sola y recorrer tiendas sola. Encerrarme en La boutique del libro por horas y horas,pero a nadie le gusta encerrarse a ver libros. O eso siento yo, que aburro, que agoto, que canso. Me odio porque odio los sitios con mucha gente, odio que me toquen, que me abracen, que me miren.

 

No me quiero porque prefiero pasar el tiempo con mis hermanas y mis sobrinos que con mis amigos o gente de mi edad. Porque no me identifico con nadie, porque me siento mal, porque no estoy cómoda. Me odio porque siento que mi silencio incomoda, pero si hablo siento que digo estupideces. Porque me gusta más escuchar que hablar.

 

No me quiero porque lo único que quiero hacer en mi vida es escribir. Porque solo quiero escribir y escribir y viajar. Y seguir escribiendo, leyendo, viajando. Y hacerlo sola, completamente sola. Quiero estar sola hasta hartarme.

 

Me odio porque no tengo una mejor amiga/o, ni un confidente. Porque mis únicos confidentes son los documentos de word donde puedo escribir y volcar todo hasta sentirme mejor y quererme un poquito. Y porque esto no es ni un 90% de todo lo que me odio.

 

Y me odio porque todas las razones por las que no me quiero es por mi culpa.

Morir para conocerte.

Narrada desde el punto de un alma.

 

Habiendo pasado dos semanas como alma, no encuentro diferencia con la vida. Las hay, demasiadas, pero no las siento porque no me arrepiento de estar muerto.

Cuando mueres, te despojas de todo por completo. No tienes nada. Ni siquiera tienes forma, puedes adoptar la figura que quieras. Puedes ser desde una silla, hasta una pluma de colibrí. No hay límites. Tampoco sientes nostalgia, ni falta de algo. Eres completo. En ti encuentras todo y mucho más. La muerte, a la que todos tememos, es mil veces más bella que la vida. Sin embargo, es limitada. No puedes estar en el mundo de los muertos por mucho tiempo. Tarde o temprano, el grito de una madre pariendo te sujetara y te arrastrará a un nuevo cuerpo, un nuevo sujeto. Ni la muerte ni la vida duran para siempre.

Una lástima, porque estoy deseando estar muerto para siempre. Poder mirarla todos los días, hasta que su alma venga a mi lado.

La conocí un miércoles. Salía de mi universidad, corriendo y protegiéndome con mi abrigo de la fuerte e inesperada lluvia que comenzó a caer. Tras correr dos cuadras, llegué a la tienda de antigüedades que siempre pasaba sin darle mucha importancia. Esta vez, su escaparate fue una solución a mis problemas y decidí protegerme de la lluvia por un rato, hasta que calmara. Fue allí donde la vi a través de la vidriera. Cabello corto, lunar en su mentón, labios pequeños, baja estatura. Era preciosa. Instantáneamente, sufrí una atracción a primera vez. Ella se encontraba lustrando unos zapatos de cuero, antiguos y negros, pero gracias a la cera, lucían como nuevos. La espíe por unos minutos, fingiendo interés en unas pequeñas botellitas de perfume, hasta que decidí entrar, verla de cerca.

―Hola ―dije, con cierto nerviosismo. Ella alzó el rostro de su trabajo y me miró, sonriendo.

―Buenas tardes ¿Necesitas ayuda?

Se la veía joven. 19 o 20 años, más o menos. Negué a su pregunta y señalé el local.

―Simplemente venía a ver un poco y protegerme de la lluvia ¿No te molesta?

―No, claro que no. Afuera llueve mucho ―dijo, sonriendo un poco más. Mi corazón iba a estallar si seguía así―. Mira lo que quieras y si tienes alguna duda, preguntame.

Luego regresó a su labor, con expresión concentrada. Me paseé por entre los muebles gigantes y desgastados. El olor a madera y humedad que desprendía de ellos, era tan adictivo como mirarla. La tienda estaba en completo silencio y casi me incomodaba estar allí, solos. A pesar de eso, me mantuve tanto tiempo como me era posible y terminé comprando una botellita vacía de perfume, que no servía para nada, pero solamente quería justificar el tiempo que me quedé.

Volví una semana más tarde. Y otra. Y otra. Y otra. Aun así, nunca conseguía el valor para hablarle, para preguntar y saber de ella. Nunca encontraba las palabras correctas para decirle y me dejé casi un dineral en esa tienda.

Entonces, llegó el verano. Me fui de vacaciones con mi familia y morí, ja. Cuando desperté, estaba con ella. Pero todo estaba diferente. En un principio, creí que mi muerte había sido un sueño más… Luego que ella era el sueño. Pero todo era real: Yo era un alma, que estaba ligada a esa tienda. Alguien de mi familia, quizás, me había comprado allí y como dictaba el contrato, al morir, estaba obligado a volver a la tienda de antigüedades, a esperar por un nuevo contratista.

―¿De vuelta? ―Quise saber, todavía boca arriba en el suelo. Sentía todo el cuerpo humedecido y aún vestía mi traje de baño. Ella asintió y me ayudó a sentarme. El agua dulce con una mezcla de barro ingresaba a mi boca, como si la corriente me hubiera arrastrado kilómetros y kilómetros hasta este lugar.

―Somos una tienda de alma y has vuelto a nosotros. Posiblemente no te acuerdes, hay viajes de almas que olvidan todo lo referido a su pasado. Algunos los recuerdan, pero otros no. No te preocupes, es normal. No vas a recuperar los recuerdos con el tiempo, así que solo limítate a disfrutar tu estadía.

Dicho esto, me pasó una toalla y secó mis brazos. El resto de mi cuerpo lo hice yo. Una vez que estuve de pie, revisé la habitación. Pequeña, sucia, con miles de relojes de pie detenidos y uno solo andando. El lugar donde yacía antes, estaba cubierto de papeles destrozados y mojados. Ella me ofreció un par de prendas, con una sonrisa cálida y amable. Seguramente, no recordaba que yo era el chico que pasaba varios minutos en la tienda.

―Cuando estés listo, baja. Te estaremos esperando.

¿”Estaremos”? ¿Quiénes? Quise preguntarle, pero no me salía la voz. Solo me limitaba a asentir y admirar de cerca su rostro, la temperatura de su cuerpo (El mío ya no tenía ni calor, ni frío).

Me vestí con una camisa blanca y los pantalones de algodón de color negro que ella me había dado. No había espejos en la habitación, así que no pude comprobar mi aspecto. Supongo que daba igual cómo lucía, estaba muerto y ya no tenía cuerpo físico, a pesar de que mi alma seguía amoldada a él. Gracias a que mi cabello permanecía húmedo pude peinarlo vagamente con mis dedos. Olía a lluvia y a barro, y me preguntaba si existían las duchas para almas.

Al cabo de unos minutos, me digné a bajar al último piso. A pesar de tener cierta sospecha, de todas formas, no pude evitar sorprenderme al encontrarme en medio de la tienda de antigüedades, mucho menos, cuando entre sus muebles, como una fiesta de bienvenida, me recibieran tantas personas desconocidas, entre todos, estaba ella.

―Es un placer tenerte de vuelta con nosotros ―dijo, mientras se acercaba a mí―. Como dije, lo más seguro es que no sepas dónde estás, ni quienes somos nosotros. Tampoco será raro que hayas olvidado tu condición de alma. Es normal en algunos. Pero, no te preocupes. Yo estoy acá para eso. Soy tu cuidadora y puedes llamarme Alma.
Literal, tuve que morir para saber su nombre.

Cuando rocé sus dedos

Yo soy el todo. Soy el personaje más popular e incluso el protagonista.

Con un brazo, puedo ser capaz de crear las vidas más hermosas y peligrosas, mientras que con otro, tengo el poder de aniquilarlas. Soy odiado y soy amado.

No tengo sexo, no tengo lengua, pero tengo historias. Historias que conocen las personas que se acercan a mí, que atraídas por mi belleza y grandeza caen, como ciegos, en mi trampa. Algunos me conocen por cuestión del destino. Otros me buscan, ingenuos ante la cara poética que me inventan. Y siempre con el mismo final, alimentan mi inteligencia. Y así, voy reuniendo sus propias historias.

Mientras los envuelvo en mis ardientes y la vez helados brazos, voy desprendiéndolos poco a poco de su vitalidad. Cuando están conmigo, todos se convierten en narradores y yo, su fiel oyente. Cada palabra que susurran a mi oído es un latido más que voy quitándole. Y cuando los latidos se acaban, las palabras se vuelven trozos de piel, cabello, carne. Hasta quedar en huesos.

Pero no me crean un ser malvado. Simplemente, no tengo opción. Si vienen su final siempre será quedarse conmigo. Algunos se han escabullido de mi compañía, pero la gran mayoría se queda.

 

Cierto día, un chico se sentó a mi lado y comenzó a llorar. No llamó mi atención, hasta el momento en que sus lágrimas me alcanzaron y sus palabras se hicieron más claras.

¿Dónde estás?”. Preguntó y unos segundos luego, lo repitió, en un tono cada vez más quebrado y profundo.

Calmé el rugir de mis olas, cerré mis ojos y me digné a escuchar lo que ese chico sollozaba por lo bajo..

Fue un simple error. Ni yo la buscaba ni ella me buscaba a mí. Era muy joven y sus únicas experiencias eran los deseos acumulados y fervientes en su corazón. Vino sola, empujada por las corrientes violentas que el viento formaba en mi interior. La arrastré a mis brazos y la envolví en mi vegetación cuando supe que ella no me dejaría. Aunque no había dado su primer beso, ella me contó del amor. Es curioso, pero la primera oración que me dicen y la última, está siempre destinada al amor. Es un nombre, es un aroma, es un sabor, es un recuerdo, pero siempre relacionado con tal sentimiento.

De ella tenía solo sueños. Y del chico a mi lado, solo tenía palabras y dolor. Un dolor interminable. Ese dolor que quema por dentro y que nunca para. El dolor que persigue a uno hasta en los sueños. Mi respiración aumentó y me estiré a alcanzarlo, no obstante, cuando lo toqué él ni se percató. Continuó abrazado a sus rodillas, con la cabeza oculta entre sus brazos y rodillas, dando ligeros espasmos con su cuerpo.

La ansiedad comenzaba a crecer en mí, me estiraba más y más, hasta volverme furia. Quizás, tan intenso fue mi deseo, que él alzó su mirada. Descubrí unos ojos pequeños, hinchados por el llanto y rojos por el ardor de su propia salinidad. Despegó los secos labios pequeños y se disculpó. No conmigo, con ella. Le pidió perdón por no haberla protegido. Por no haberla separado de mi mortal y opresivo abrazo. De haber podido hablar, le hubiera gritado que ella seguía ahí, que ella aún estaba con él. Que lo escuchaba y que lo perdonaba.  No sé si me odiaba, pero de momento, no me consideraba el único culpable de la muerte de su hermana.

Volví a rozar sus pies con mis dedos helados y, como si eso hubiese sido un disparador, el chico se puso de pie y secó el rastro de lágrimas con la manga de su camisa. Me miró de frente, fijamente, y esperé a que me dijera algo, cualquier cosa. Un insulto, una pregunta, lo que sea. Pero no lo hizo. Exhaló un suspiro y se dio media vuelta, dejándome solo con mis millones de historias.

 

 

 

 

Cuando morí – Historia de un alma-

Narrada desde el punto de un alma.

 

Tenía 25 años cuando morí por primera vez. Sí, cuando morí por primera vez.

En realidad, quizás no fue mi primera vez. Quizás, teniendo en cuenta la situación, a lo largo de mi existencia tuve infinita cantidad de muertes, quién sabe. Pero a esta la considero la primera, puesto que es la única que recuerdo.

Como iba contando, tenía 25 años cuando morí por primera vez, llevado por la fuerte corriente de un río. Disfrutaba de un día realmente agradable con mi familia. Un día precioso y memorable, hasta que no pude con mi genio inmaduro y confiado. No faltaban carteles diciendo que el río era peligroso, que estaba prohibido nadar, puesto que la corriente era muy fuerte. Tampoco faltaban noticias de gente que había muerto entre las ramas y rocas del fondo del río.  Pero, cuando tienes 25 años y te crees el rey de la naturaleza; cuando eres un humano ignorante, crees que vas a triunfar por encima de todo.

En fin, que me tiré al río. Mi familia a orillas de este, me miraba con cierta preocupación, pero igual de confiada con que todo saldría bien. Claro, nadie que va a disfrutar un día de verano, cree que saldrá de allí con la pesada noticia de que su hijo murió ahogado. Uno nunca piensa en esas situaciones, hasta que pasa.

En un principio lo encontré divertido. Me reía dejándome llevar por la corriente, hasta que mi madre gritaba algo y yo me sujetaba a alguna rama de un gran y viejo sauce llorón que crecía allí, con una sonrisa despreocupada. Hasta que la rama se resbaló de mis manos y ahí, supe que no era el rey de nada.

Cuando morí no pensé en nada. No hubo vida delante de mis ojos, no hubo un encuentro espiritual. Solo un pensamiento: Me gustaría haberle dicho que la quería.

¿Querer a quién? A ella, la vendedora de la tienda de antigüedades. Esa joven de baja estatura, que me sonreía con amabilidad, mientras le preguntaba una tontería sobre precios. Era delgada, de cabello corto, con un bello lunar en su mentón. Ella, a quién visitaba casi todas las semanas luego de salir de la universidad. No sabía ni su nombre, ni su edad, ni qué hacía cuando cerraba la tienda, o qué comida le gustaba. No sabía nada, solo que me gustaba.

Como sea, mientras mi cuerpo dejaba de sacudirse, los calambres de mis piernas se esfumaban y yo exhalaba mis últimas burbujas de aire, solo pensaba en volverla a ver.

Todo se fue a negro… Luego blanco, un blanco muy fuerte y cegante. La vi. Mi deseo estaba hecho realidad. Ella se encontraba frente a mí, mirándome desde arriba con esa sonrisa tan amable y hermosa. Sus labios con labial naranja y el lunar tan bello y combinable con todo.

 

―Bienvenido de vuelta.