Caminar descalza

Recuerdo perfectamente el día que comencé a caminar descalza. Ese día, cuando me quité mis zapatillas de senderismo, él, a mi lado, tratando de apabullar el pánico que la situación le causaba, se burló y medio me regañó diciendo que me lastimaría, que dolerían mis pies, que no fuera idiota y me volviera a calzar. Yo, ya consciente de la personalidad de mi amado, lo miré de perfil y esbocé una sonrisa bastante clara. Estaba siendo estúpido, dijo él y se disculpó exhalando un suspiro, ahora tratando de contener el odio que yo le provocaba cuando le hacía notar sus errores. Así comenzamos a andar en medio de la vegetación, tomados de la mano, lado a lado. Él cubierto hasta la cabeza con un abrigo de invierno naranja, bastante llamativo (Los colores llamativos eran beneficiosos en aquel lugar)  y yo ligera, un abrigo simple, descalza. A veces alguna rama o piedra se me clavaba en la planta del pie, pero solo me limitaba a poner una pequeña mueca y proseguir la caminata. Pasado un tiempo los pies dejaron de doler y se acostumbraron a las irregularidades del camino.

 

Era la primera vez de ambos en aquel sitio y, tal como decían, allí mismo se podía percibir el aroma de la muerte. La muerte dejaba de ser abstracto y pasaba a convertirse en concreto. Podíamos ver la muerte, olerla, escucharla e incluso saborearla en el aire que se nos metía por la boca cuando el ritmo de la caminata se hacía bastante pesado para nuestros pulmones. Casi hasta resultaba abrumador que tuviéramos a la muerte tan encima de nuestros hombros, fatigando lo que debía ser una última caminata preciosa, teniendo en cuenta el tiempo que nos llevó planear  aquella excursión y todos los sacrificios que nos tomaron para poder costearla.

 

En cuanto los temas superficiales de conversación se agotaron y comenzamos a caminar en silencio, lo miré de reojo por unos segundos. Lo había conocido a la temprana edad de 15 años. En esa etapa, para mí, él era un hombre de mundos, un ser inalcanzable de inteligencia incomparable. Él tenía 30, yo 15. Nos enamoramos para resumir la historia. A mis 18 años, nos casamos y, tomados siempre de la mano como en aquel momento, partimos a Tokio juntos, tentados por la utópica idea de volver realidad nuestros sueños y aspiraciones porque, en aquel momento (y probablemente ahora también), creíamos que al estar juntos todo iba a ser posible.

 

Sin embargo, Tokio no estaba preparado para nuestro amor, o quizás lo correcto sería decir que nosotros no estábamos preparados para Tokio. Tokio ignoraba nuestra alegría de reciente amor. Tokio simplemente arrasó con ambos con sus ajetreados ritmos, con sus mentiras, con sus esquinas sucias y sus turbios secretos. Tokio se nos burló en la cara, arrebatando poco a poco esa alegría bañada en esperanzas. Cuando veía el dinero de la cuenta bancaria, pensaba que Tokio era así, filtrador. Si no nos apresurábamos para soportar a Tokio, él terminaría por fagocitarnos…

 

Y ocurrió.

 

Pasado un tiempo, dejé de verlo como el hombre más sabio de mi vida. Se fue desprendiendo del papel de ejemplo a seguir y lo reconocí como lo que era: Un simple humano incapaz de cumplir sus sueños, frustrado por la situación de chocar miles y miles de veces contra aquella pared que negaba sus sueños. Y él me vio como lo que era: Una inexperta que comenzaba a vivir, creyendo que la vida era como un par de capítulos de un drama con final feliz. Pero… No todos los finales son felices. No para las mujeres que acceden a caminar descalzas.

 

Una vez que él y yo pudimos reconocer nuestra humanidad y comenzar a comprender el ritmo de la ciudad, ésta volvió a arrastrarnos como las olas que rompían en la orilla de mar el día que me dijo que el amor se le había acabado. ¿Cómo se acaba el amor?, me pregunté. Pero era así. A él se le había acabado el amor. El amor hacia Tokio, hacia sus sueños, hacia él y sobre todo, hacia mí.

 

—¿Qué quieres hacer? —Le pregunté, ya esperando aquel comentario de su parte.

 

—Quiero acabar con todo…

 

Y así terminamos viajando a Aokigahara. Y así, caminaba descalza a su lado, mientras él temblaba más y más a medida que nos íbamos adentrando en el bosque.

 

—¿Tus pies no duelen?

 

—No.

 

—¿Por qué te los quitaste?

 

—Jamás me gustaron y de todas formas no los necesito.

 

—¿Crees que aquí está bien?

 

—Sí, estamos bien adentrados y no podrán vernos.

 

Él no respondió. Se detuvo solo porque lo hice y, como nuestras manos seguían unidas, pude percibir el miedo que corría por su piel. Lo sabía. Era un hombre inseguro, indeciso, que solo pude ver seguro en dos cosas: Una, cuando me amó y dos, cuando dijo que ya no lo hacía.

 

Nos soltamos de las manos y nos quitamos nuestras mochilas. Como moría de sed, bebí un sorbo de agua, mientras miraba de reojo a mi amado. Sus pupilas temblaban aunque se veía confiado a la hora de sacar los cuchillos que habíamos elegido usar. Pasamos mucho tiempo planificando nuestras muertes. Pensamos en asfixiarnos colgándonos de unas ramas, pero no nos agradó la idea de escalar árboles. Envenenarnos, pero no teníamos tanto dinero. Así que optamos por cortar nuestras venas, sentarnos en un árbol abrazados y dejar que la vida se nos fuera lentamente por nuestras heridas. Sí, eso había planificado mientras él asentía cada vez más pálido, sin poder encontrar el valor de detenernos. Sí, así era él. Si él no me decía que no, entonces proseguiría con el plan de nuestra muerte. Las mujeres que andamos descalzas no damos marcha atrás.

 

Comimos en silencio, sentados uno frente al otro, y cuando terminamos nos abrazamos por una hora. No dijimos ni una palabra. Ya estaban todas dichas. Ya nos habíamos amado en todos esos años y nos odiamos en estos últimos meses. Decir algo en ese momento sería como la broma trágica de la vida.

 

Finalmente él sacó las cuchillas del bolso y me entregó una, la que recibí con naturalidad. Mi mente estaba completamente lista para ese momento desde que lo conocí. Lo había amado con tanta vehemencia y seguía siendo así, pese a todo, que la idea de continuar la vida sin él no se me hacía muy apetitosa. Además, como él sabía, yo simplemente era una inexperta de la vida. Dependía de él en todo y mi promesa había sido firme: Haremos todo juntos hasta el final.

 

Frente a frente, nos arremangamos y presionamos la punta de las cuchillas sobre nuestras muñecas. Yo la derecha, él la izquierda. El aire se había vuelto más pesado y ahora la muerte era una persona más, sentada entre nosotros, salivando con impaciencia y haciendo apuestas con ella misma sobre quién sería el primero en llevarse. Nos miramos a los ojos. Él temblaba más, pálido, sin poder comprender por qué yo lucía tan relajada en ese momento.

 

—¿Lo harás? —preguntó el cobarde, ahora temblando con más notoriedad.

 

—Dijimos que lo haríamos —le respondí, procurando no sonreír por su esperada reacción—. ¿Quieres que lo haga primero?

 

Tardó, pero terminó por asentir. Quizás esperaba que dijera que no, que me detuviera en ese momento y salir de allí antes de que la muerte terminara por alimentarse de nosotros. O quizás, quería que él lo hiciera primero y así me demostraría que tan fiel era a sus palabras y cuán perdido estaba.

 

—De acuerdo —suspiré y tuve cuidado en no permitir que ninguna de mis expresiones o tono de voz dejara ver lo cobarde que consideraba que era.

 

Coloqué la punta de la cuchilla y, tras tomar aire, comencé a presionar en ella, conteniendo el dolor que iba en aumento, así como el inevitable miedo que había ocultado de él. La sangre comenzó a emanar y yo, manteniendo la misma presión, empecé a descender la cuchilla de manera vertical. Las lágrimas escaparon de mis ojos y jadeos de dolor, ante él, quien me miraba todavía anonado, más pálido que antes y paralizado. Quería gritarle, decirle que era su turno, que no fuera un maldito desgraciado, pero aquello requeriría de una fuerza que estaba buscando destinar para mi siguiente brazo. Cuando terminé el corte, mi piel pálida era un mar rojo, así como mi rodilla y las plantas que crecían en las raíces del árbol donde nos ocultamos. Temblando, un poco más débil que el principio, pasé a agarrar la cuchilla con la otra mano y presionarla en la punta de mi otro brazo. Tras el primer corte, mi miedo ya no era tanto y el dolor era tan grande que no podía sentirlo. Presioné, hundí y corté. Rápido, eficaz y valiente. La cuchilla cayó con un sonido sordo y se perdió entre hongos y helechos, y yo me dejé caer en una de las supremas raíces de ese árbol viejo. Comenzaba a sentirme más cansada, mareada y, por sobre todo, relajada.  Como alguien que se tira de un paracaídas por primera vez. Entonces, lo miré, tratando de enfocar mi vista en él. Estaba limpio, ni un corte, ni una gota, nada.

 

—No… No puedo… —dijo al fin y, como llevado por el mismo diablo, comenzó a guardar sus cosas de forma veloz y torpe.

 

De no ser que mi cuerpo estaba desprendiéndose de litros de sangre que requería, me abría parado y abierto sus venas yo misma. O me habría reído a carcajadas de él, dejando de temer al enojo que le daba cuando sabía que yo estaba en lo cierto y él no.

 

—¿Qué harás? —Pregunté, en un susurro. Mi vista se había nublado completamente y opté por cerrar los ojos, cada vez con más frío, cada vez más perdida. Cuando estaba por agregar que dudaba mucho llegar al hospital con vida, él respondió:

 

—Iré a buscar el auto y pedir ayuda. Volveré por ti. Lo prometo.

 

Lo prometo. Lo prometo. Las palabras hicieron eco en mí y abrí mis ojos por unos momentos. Lo vi parado, colocándose su mochila. Volví a cerrar mis ojos y lo abrí en un lapsus que yo consideré corto, mas no para él, que ahora me decía algo intentendible cerca de mi rostro. Los cerré y cuando los abrí, ya no había nadie. Solo quedaba, sentada delante mío, la muerte esperando pacientemente a que el efecto de los cortes hiciera lo suyo. La muerte, al igual que yo, iba descalza. Haciendo uso de mis últimas gotas de fuerza moví mi cabeza para buscarlo, pero no estaba más. Se había ido. Me había abandonado allí, a morir en el bosque donde las personas vienen con esa misma finalidad. A diferencias de ellas, yo no quería morir por mí, quería morir por él. Morí por él. Él me asesinó y yo, confiada, no pude ni preverlo. Perdidamente enamorada de él como siempre, me había descalzado en la entrada al bosque. Porque aquel bosque sería nuestro nuevo hogar, donde nuestras almas despreocupadas estarían por siempre juntas. Pero ahora… estaba sola, muriendo allí, con mis pies cansados e incapaces de tolerar una vez más el dolor del camino de vuelta para buscarlo. Me dejé caer en la rama y percibí como la muerte se inclinaba a mí, aspirando mis últimas gotas de vida.

 

Ahora soy la mujer que vaga descalza por el bosque, esperando a que aquel cobarde encuentre la valentía de volver a mi lado, como su promesa, porque solo a su lado soy capaz de todo. Y porque lo amo. Lo amo tanto que cada noche, me escapo de mi hogar y lo observo mientras duerme, ya más relajado, sin deudas que pagar ni una mujer inexperta dependiendo de él. A veces mi recuerdo le trae pesadillas y lo escucho sollozar. Una parte de mi cree que lo merece, pero otra se mete en su cama y le susurra hasta calmarlo y despertarlo, bañado en sudor frío, mirando con los ojos anegados en lágrimas las huellas de pequeños pies embarrados que dejo alrededor de su cama en mis pequeños paseos nocturnos.

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En un idioma que no entenderías

Inspirado en la leyenda japonesa “La grulla agradecida” 

<<Creo que… nací para sufrir>>

Aquellas fueron las palabras que susurré al viento, alzando la mirada al cielo que alguna vez recorrí. Inmaculado, infinito y puro. Un cielo helado y húmedo que nunca más volvería a sentir contra mi rostro y alas. Ahora, como una maliciosa broma, estaba atada al suelo que no me recibía con detalles especiales. En el cielo tenía todas mis armas para sobrevivir y vivir eternamente, mientras que en la tierra, sabía que no duraría ni tres horas, rodeada de tantos enemigos que harían provecho de mi debilidad.

Suspiré y cerré los ojos, entregada a ese final ineludible, mientras escuchaba el dulce crujido de la nieve bajo mis gotas de sangre. Crujía de forma musical, pausadas al ritmo de mis latidos. Crujían y crujían… Pero, aquello ya no era mi sangre, eran pasos.

Rápidamente abrí los ojos, todavía negada a dejarme vencer allí y, a pocos metros de donde me encontraba, con mi pata herida, atada a una trampa que algún cazador había olvidado, un humano se acercaba a mí. Sacudí mis alas con más vehemencia y gruí, procurando que mi salvajismo lo aleje de mí.

<<Vete de aquí, maldito humano,>> le grité en un idioma que él no parecía comprender, puesto que continuaba avanzando con paso lentos, pero largos. << ¿No ves que es por tu raza que yo moriré? ¿No ves que es por ustedes que ya no podré surcar el hermoso cielo ni nunca más volver a desplegar mis amplias alas con la elegancia de siempre? >>

― Tranquilo, tranquilo ―dijo él, en su propio idioma, estirando su mano hacia mí con un movimiento que buscaba calma. Su voz, grave, pero suave, me calló, aunque mi aleteo era constante. Hasta que alzó el rostro y, bajo su sombrero, vi asomar dos oscuros, pero compasivos ojos. Una mirada pura, como la nieve que teñía los cerros detrás nuestro. Una mirada que me hipnotizó, hasta aletear por pura autonomía, ignorando la nula distancia entre nosotros.

Fui allí que lo sentí. Me había enamorado. Estaba por morir en manos de ese humano, pero, de alguna forma, agradecía al cielo por permitirme ver y conocer esos sentimientos en mis últimos minutos de vida. Él se movió rápido y me rodeó el cuerpo con uno de sus brazos. Gruí espantada, e intenté, pese a seguir perdida en su encanto, huír de allí aunque fuera arrastrándome, pero él no me dejó ir. Atrapada entre su torso y brazo, dejé de moverme, sintiendo como algo cálido rodeaba la parte helada y abierta de mi pata, para luego dejar de sentir la presión de la trampa y, segundos después, la de su cuerpo. Miré confundida, sin entender. Quizás así se sentía la muerte… aunque no la creía tan similar a la vida. No podía ser… Yo… ¿seguía viva? Moví el cuello y volví a verlo a una distancia considerable, apartado de mí. Miré mi pata que ahora lucía una venda azul oscuro, similar a la tela del kimono que él vestía y que, efectivamente, había rasgado para sanarme. Estaba libre. Él, el hombre de ojos amables, me sonreía desde su distancia y se empeñaba a regresar a su camino, abriéndose paso entre la gélida nieve. Temerosa a que no fuese más que otra artimaña humana, desplegué mis alas y regresé lo más pronto posible a la seguridad de mi inmaculado cielo.

Volvía a sentir el helado viento contra mis ojos, mis plumas revoloteaban alegres entre nubes, esquivando copos de nieves y copas de árboles. Y yo, con el cosquilleo todavía intenso corriendo por mi interior, gruía fuertemente palabras que un humano nunca comprendería…

<<¡Gracias! Por siempre, te estaré eternamente agradecida ¡Gracias! Si algo pudiera hacer para devolverme el favor. Si tuviera el poder de hacerte tan feliz como me has hecho a mí, por favor, que el cielo me lo permita…>>

Esa noche, volví a permitir que la nieve crujiera bajo mis pies. Di pasos temerosos, confundidos y nerviosos, pero seguros e impacientes. Crujía musicalmente, adorable, hasta dar con los peldaños de madera. Luego, mis nudillos golpearon tres veces a la puerta de madera, que no tardó en dar lugar a los ojos oscuros más amables que alguna vez pude ver.

<<Por siempre te estaré agradecida. Por siempre daré mi vida por tu felicidad…>>, le dije en un idioma que él no entendería.

So wonderful

 

So Wonderful

Es estúpido ¿verdad? Realmente estúpido y descabellado. Me enamoré de ti y te amo ¿No crees que es idiota?

Sí, cuando reconocí esos sentimientos, automáticamente quise reírme de mí. Me quise reír hasta llorar y quedar allí. Pero… Por la manera que me hiciste, soy incapaz de demostrar tales cosas, aún así, lo que no sabes, es que me diste la capacidad de amar cada una de tus virtudes y defectos. Te amo hasta la raíz. Si te lo dijera, posiblemente dirías que lo único que siento es solo un intenso agradecimiento hacia ti, quien me dio la vida. Posiblemente, te daría la razón y todo quedaría allí, clavado en medio de mi pecho, hiriendome más y más, mientras yo, sentada a tu lado, en tu mesa de trabajo, seguiría con la mirada el esmero hermoso que le pones cuando haces mis vestidos o cuando retocas mi maquillaje. Y yo, todavía herida, en mi fuero interno, aceptaría tu error: No solo estoy agradecida contigo, también te amo. Me he enamorado de ti.

Sin embargo, es imposible que yo acepte tales sentimientos en voz alta y, sí, también se debe a ti y a tu manera de concebir las cosas. Creo que si tus ojos totalmente concentrados se dedicaran a observar mi interior, en lugar de crearme el más bello maquillaje, podrías ver tanta vida en mí que tú también te enamorarías perdidamente.

Sé que también me amas ¿sabes? Me he dado cuenta desde que abrí mis ojos. Sé que el quedarte hasta altas horas de la madrugada conmigo, hablando o simplemente trabajando en mi apariencia, significa algo más. Soy algo más que un trabajo para ti ¿no es verdad? Por favor… dime que es así. Mírame a los ojos, con otro tipo de mirada y simplemente pronuncia mi nombre. Dime que soy especial para ti y solo así, la maldición que solo tú me pusiste, se romperá y todos mis sentimientos internos se exteriorizarán. Dímelo, para poder limpiar esas lágrimas que te he visto derramar de frustración y cansancio cuando las cosas no han salido como tú deseabas. Dímelo, para poder cubrir tus hombros cuando el sueño te ataca y te duermes en la silla. Por favor, tan solo dime que me amas tanto como yo te amo a ti, para dejar de ser tu trabajo y poder ser tu compañera.

Hoy has llegado con nuevas telas. Me dices que me harás el vestido más hermoso que se haya visto. Y yo, como siempre, te creo, porque todo lo que sale de tus manos, es bello. O eso dijiste cuando finalizaste mi maquillaje y me acariciaste la mejilla.

La tela que hoy has traído es una seda china, blanca como la nieve que un día vi gracias a que me asomaste a tu ventana. En ella, los dibujos de flores de cerezos y dragones bailan al son de la maquina de coser. Mientras, me cuentas historias de amor entre dragones y humanas. Sí eso fue posible, me pregunto ¿Por qué nuestro amor no lo es?

Las puntas de tus dedos me recorren de los hombros a las muñecas, de los muslos a los tobillos. Siento tu cálida respiración en mi cuello cuando me abrazas para medir mi cintura. No he cambiado, quiero decirte con una sonrisa tímida. He sido la misma de siempre y aún así, sigues abrazándome para medirme… ¿Acaso eso no es amor?Finalmente, me desnudas. Con esa delicadeza y cuidado que te caracteriza, me retiras el vestido de los años 50 y colocas el molde del kimono chino que estás haciendo para mí. Por eso, también me enamoré de ti. Por la inocencia con la que me desvistes, como si fuese a romperme en cualquier momento. Me gusta que me cuides así, que nada sea brusco ni vulgar contigo. Por dentro, mi corazón se revolotea y solo ruego a que no dejes de acariciar mi cintura cada vez que pasas los alfileres. Uno de ellos, de repente, choca contra mi piel y te disculpas. Te quedas callado unos segundos, me mirás y te ríes de ti mismo, regresando a tu trabajo. También me río, si sabes que no siento nada, tonto, pero te perdono…

Te amo.

Has terminado el vestido para mí. Me tomas fotos, me miras embelesado. Me dices que me veo hermosa. Y yo, como siempre, en silencio, vuelvo a pronunciar cuánto te amo. Mientras me cargas y me bajas a tu tienda, voy diciendo cada una de las cosas que amo de ti. Amo tus ojos concentrados, amo tus manos. Tus pómulos delgados y sobresalientes. Amo tu nariz punzante y delgada. Amo los surcos de un pasado acné en tu mejilla. Amo lo grave de tu voz. Te amo hasta la raíz, digo por último, cuando llegamos a la vidriera donde me tendrás una o dos semanas, exhibiéndome a las personas que de seguro entrarán enseguida a la tienda para adquirir ese mismo modelo que yo visto. Lo harán, porque todo lo que sale de tus manos, incluida yo, es hermoso.

No quiero ser olvidada

Paciencia. Mi abuelo me dijo que para cuidar un alma, lo principal es tener paciencia. Debo ponerme en su lugar ¿Cómo me sentiría al saber que estoy muerta y que todo lo que recuerdo debo dejarlo atrás? Debo olvidar a mi madre, padre, a mi hermana menor, a mi abuelo. Incluso tengo que olvidar a la tienda de antigüedades. ¿Cómo me sentiría? Horrible, claro. De solo pensarlo, me asalta un sentimiento de tristeza tan grande.

Vivir y trabajar en este tipo de tienda es un arma de doble filo. Te hace apreciar la vida y tener ganas de juntar demasiados recuerdos, para irte despidiendo de ellos con lentitud. Pero, a su vez, te mantiene atado a la tienda, cuidando de que otros olviden su vida y que pienses que quizás sea bueno no tener experiencias, porque de esa forma no lamentarás nada después de muerta.

Para vivir tranquila y empeñarme en ser una buena cuidadora, me aferré a la última opción por dos años. Dejé de ver a mis amigos, porque no quería extrañarlos. Dejé de comer mis postres favoritos o leer libros nuevos. Dejé de conocer personas, y me limité a estudiar el arte del cuidado de almas, leyendo y leyendo el libro de mi bisabuelo.

A la tercera participación en una subasta, dejé de ir, porque me estaban gustando demasiado. Así que dejé que mi abuelo vaya solo o con mi tía, mientras yo me quedaba en la tienda, viendo películas con las almas.

Dejé atrás la esperanza de enamorarme. En conclusión, dejé de vivir.

 

Entonces, llegó el alma número 22.

Claro que me acordaba de él. Llegó a la tienda moldeado en el cuerpo de su reciente vida, ese joven, con la piel variaba entre el marrón y el dorado, como quien había estado mucho tiempo expuesto al sol. Su cabello ondulado y oscuro. Cuerpo largo y delgado. Sí, él venía repetidas veces a la tienda y me hacía sacar muchas cosas hasta que se decidía a comprar algo. Era la única persona de mi edad que entraba a la tienda y verlo, traía un poquito de vida.

Pero entonces murió y cayó en la tienda, produciendo un golpe seco que me obligó a subir a su encuentro, donde lo encontré mojado, boca arriba, todavía atravesando ese camino que las almas pasan para abandonar el cuerpo. Esa fue la primera vez que lloré por la muerte de un desconocido.

 

―Abuelo ¿Puedo preguntarte algo?

Estábamos los dos solos. Él me dictaba los nuevos productos que había conseguido en una subasta y yo me encargaba de registrarlos y más tarde, ponerles precio.

―¿Mmh? ―él alzó la mirada de sus papeles por unos microsegundos y luego los volvió―. Dime.

―¿Por qué las almas tienen que olvidar sus recuerdos?

Aunque el silencio estaba instalado de antes en la oficina, ahora se volvió un poco más notable. Parecía que hasta el reloj de muertos se había detenido para preparar el ambiente. Mi abuelo, pausado, alzó su mirada y me observó por un rato, posiblemente mediando sus palabras. Sabía que sí yo hacía una pregunta así, luego de releer cientos de veces el libro de mi bisabuelo, es que algo no iba bien. Y la verdad es que había algo que no iba para nada bien.

―Bien… ―comenzó, resoplando por su gran nariz. Mi abuelo tenía una nariz muy grande, que por suerte no vino en mi gen y pude sacar la nariz pequeña y refinada de mi papá―. Las almas están obligadas a despojarse de sus vidas pasadas. No siempre ocurre, porque todas tienen su propia autonomía, como te habrás dado cuenta. Las almas son rebeldes, no hay ni un alma que encuentres que sea sumisa y respete las reglas a rajatabla. Sin embargo, nada de lo que hacemos es perjudicial para ellos; al contrario, los preparamos para mantener una vida perfecta, libre de problemas.

>>Si las almas se aferran aunque sea a una memoria, esa memoria podría crecer en la vida nueva y acarrear otros problemas. Hay cosas sin problemas, como la gente homosexual, por ejemplo.  Almas que renacieron en el sexo opuesto y se aferraron a su antiguo amor. También están las que nacieron en su mismo sexo y tenían esa mismas preferencias en su pasado, lo hay de todo. Lo malo es cuando los recuerdos que dejan en ellos son los malos…

En este punto, mi abuelo se reclinó y se cruzó de brazos. Mi pregunta había desmarañado una serie de pensamientos y preguntas que él mismo se hacía.

―Cuando las almas vienen y les damos la orden de escribir sus historias. Que empiecen por donde quieran, pero todo. Lo primero que escriben es lo bueno y dejan lo malo para la mitad o lo último, pero lo dejan… También tenemos esas almas “especiales”. Esas donde vivir era una obligación, que esperaban para morir para poder liberarse de todo. Es triste no poder darles el descanso esperado, y ahí es cuando a veces nos enfrentamos a las “malas almas”. Hay almas cargadas de furia, de tristeza, de soledad. Almas que solo quieren dormir por toda la vida y no enfrentar nada. Esas almas no escriben, y sacan muy poco. No encuentran liberador plasmar sus historias en los papeles y les cuesta. Algunas, poco a poco, van lograndolo, pero otras… ―La mirada de mi abuelo se enturbió, pero aclaró rápidamente cuando me miró, recordando que seguía allí, que mi pregunta seguía rondando por la sala―. Si no se despiden de sus recuerdos, les persiguen los sueños en las nuevas vidas. Retazos de sus vidas pasadas. Fobias también, soledad, depresión. Ven caras conocidas en la calle y no pueden comprender por qué ver a esa persona les trae tanto dolor y nostalgia, o miedo. Tienen dejavus constantes. Es lo de menos, pero las fobias, los trastornos mentales, eso es lo grave.

―Tenemos mucha responsabilidad en nuestras manos ―agregué, casi pensando en voz alta. Él me dio la razón asintiendo lentamente y cada uno se sumió en sus propios pensamientos.

Pensé en el Alma 22, en Bastian. Pensé en el día que decidí “dejar de juntar experiencias” y que, como enviado por el destino (aunque no crea en esas cosas, fue mucha coincidencia), él abrió la puerta e ingresó con su mochila a la cabeza, cubriéndose de la lluvia sorpresiva y me regaló una amplia sonrisa llena de confianza.

― ¿No te molesta? ―me preguntó, refiriéndose a si podía esperar un poco a que la lluvia pasara. No, no me molestaba en lo absoluto, como tampoco me molestó verlo semana tras semana, tanto en la tienda como pasando por fuera, deteniéndose unos segundos en la vidriera.

Cada día pensaba en cómo sería su vida. Me hubiera gustado preguntarle qué estudiaba, cuántos años tenía o cómo se llamaba. Si vivía allí o estaba de paso en lo que duraban sus estudios. Me hubiera gustado saber tantas cosas de él, que ahora solo las inventaba, mientras lo veía saltearse sus labores de alma, jugando con la única alma masculina que mantenía cerca, “Luis”.

Claro, tenía una solución a todo eso, pero sería desobedecer una de las reglas más importantes del contrato de cuidador. Bajar a la habitación de almas y leer la historia del Alma 22.

Un cuidador nunca debe ir a la habitación de las almas ni saber la historia pasada de las almas que desconoce. Así como tampoco se puede trabajar con almas de familiares o amigos. Esas van a parar a otras tiendas, porque, claro, no somos la única tienda que tiene este trabajo. Y no todas las tiendas de almas son de antigüedades. Algunas son fábricas, colegios, hospitales (los más populares), hasta peluquerías. Lo único que se requiere para ser una tienda de Almas, es tener un cuidador capaz de verlas.

Que Bastian haya caído en mi tienda había sido algo del destino en que no creo. Verlo, más que traerme felicidad, me confería una tristeza honda, un pesar helado en mi pecho. Contradecía todas mis ideas y mis reglas. Porque yo quería que Bastian viviera, quería olvidar que estoy tratando con alguien muerto y que en algún momento de mi vida, él iba a escribir su último recuerdo de mí y entonces, comenzaría a mirarme con los ojos grises que cada alma tiene cuando ya está lista para vivir otra vez. No quiero ser olvidada.

La que cambia

 

Estoy sosteniendo la copa de champagne o sidra. No recuerdo qué fue lo que elegí entre todo el tumulto de corridas y cuentas regresivas. Cuestión que en mi mano llevo una copa helada de una bebida a la que solo le daré dos sorbos y dejaré de lado, porque las bebidas con gas no me agradan. Siempre pienso que hubiera preferido tomar una copa de agua o jugo en lugar de ese vino espumoso, pero tampoco me atrevo a ir en contra de la tradición de las fiestas. Ni siquiera es una tradición, pero yo la puse así.

Nunca me atrevo a cambiar las cosas en esos minutos, porque aunque sea una estupidez, pienso que esos minutos son los esenciales del inicio. Los primeros minutos dicen cómo irá todo y yo no quiero que por beber agua en esa fecha, mi vida cambie y me escupa de mi zona de comfort.

En fin, sin irme por las ramas, allí estoy, sujeta a la copa de la bebida que no beberé, parada en la vereda, viendo los casi nulos fuegos artificiales. Cuando veo los fuegos artificiales me pregunto si soy o no una buena persona. Me pregunto si la gente me mirará mal por desear que haya más fuegos artificiales, gigantes, de todos los colores. Ansio que el cielo se llene de estallidos y chisporroteos por doquier, de figuras, de olor a pólvora. Pero entonces, alguien me dirá que piense en los animales, en su miedo y siento algo de pena, sí, pero me da más pena ver ese cielo vacío. Pienso que a partir de ahora, voy a tratar de dejar mis deseos tontos y pensar en los animales. Total, estoy empezando de nuevo.

El año nuevo no es especial, pero me gusta tomarlo como tal. Aunque me digan que no es más que otro día como todos, para mí es especial. En parte se debe a mi inmadurez mental, esa que le pone nombres a los objetos sin vida y magia a los días normales. Año nuevo es especial, tal vez por mi mente abarrotada de películas románticas, donde la gente encuentran al amor de su vida o a las oportunidades únicas para triunfar. De todas formas, yo sé que no tendré nada de eso, porque no salgo de casa en esa fecha. Porque lo único que hago es acostarme en la cama y esperar a que inicie un año sin esperanzas de nada.

Pero no puedo evitarlo. Sosteniendo la copa de algo que no voy a beber, internamente, pido cambiar para darme mis oportunidades. No pido que el año sea diferente, pido ser yo la distinta.

Alma Nº 22

Alma me puso un nombre. Aunque le dije que tenía uno, ella me dijo que lo mejor era olvidarlo y llamarme de otra forma. Pensándolo bien, tiene razón. Todo lo que viví en mi cuerpo anterior ya no regresará y de nada sirve que siga aferrado a esto. Conclusión, me puso un nuevo nombre: Bastian, alma número 22 (En su registro personal).

Así, comencé a vivir mi nueva vida como Bastian en la tienda de antigüedades, a la espera de un nuevo contratista con un cuerpo que habitar. Mientras tanto, intentaba ocupar mi tiempo libre (que era mucho) en otra cosa. Lectura, ayuda en la tienda, limpieza y sobre todo, conquistar a Alma.

Sin embargo esto último no solo era difícil. Era complicado. Alma era inalcanzable e intocable (ignorando que la materia de la que estaba hecho no es compatible con lo concreto). Primero, porque tenía sumamente prohibido hablarle de mí o de mi vida pasada. No podía decirle lo que estudié, lo que conocía, lo que vi. Nada. Entonces pensé ¿Cómo puedo conquistar a alguien si no es hablándole de mí?

―¡Por Dios! Pídele que te hable de ella ―me dijo Luis (¿Luis? Alma 94 en el registro del cuidador querrás decir, diría Alma con su vocecita de Yo sé todo y tú no sabes nada porque estás muerto).

Luis era mi mejor amigo. Un alma masculina a cargo del abuelo de mi “cuidadora”. Había llegado en 1997 y todavía no tenía un nuevo contratista, lo que lo convertía en el alma más antigua de la tienda. Estaba amoldada al cuerpo de un hombre adulto elegante. Ni él ni nadie sabía si era el cuerpo de su vida pasada, simplemente despertó un día y estaba con esa forma. Era a Luis a quien yo le contaba todos mis pesares de alma y, en secreto, le contaba cosas de mi vida pasada. Él, en cambio, ya no recordaba casi nada de la suya. El cuidador lo había obligado a desatarse de todos sus recuerdos, y únicamente recordaba su llegada a la tienda.

En fin, tras haber machacado la cabeza de mi amigo con mis lamentos de enamorado, Luis saltó con la solución a mi vida. Si Alma no tenía interés en saber de mí (Se perdía de conocer a una gran persona) entonces yo sabría de ella. Eso, al parecer, no rompía ninguna de las reglas de ese libro viejo y destrozado que siempre leía.

Esa noche, luego de que Luis se pusiera a  dormir, comencé a hacer una gran lista de preguntas que siempre quise hacerle en vida. Por ejemplo, qué le gustaba comer, o beber. Si le gustaba salir. Escuchar música. Prefería el helado o la ensalada de frutas. Todo lo que se me ocurrió, lo escribí.

(Ah, por cierto, las almas dormimos. Pero no es como ustedes, los humanos, duermen. Es un proceso distinto… Pero no está en mis manos explicarlo. Ese es el trabajo de mi cuidadora. Aunque quizás lo haga después. Alma no tiene porque hacer todo en esta vida)

Cuestión que esa noche no “dormí” en lo absoluto y esperé hasta las 8:30 agazapado detrás del mostrador a que aparezca ella. Puntual, apareció tras la puerta con sus cuadernos, su cabello siempre inflado y enrulado, y su caja musical abrazada a su pecho. Esperé pacientemente a que prendiera las luces, abriera las persianas. A que subiera las escaleras, fuera al cuarto de estudios, donde llegaban las almas nuevas. Por fin, la vi caminar hasta el mostrador. Cerca, más cerca… más.

―¡Alma! ―exclamé saltando de mi puesto para revelarme.

El grito de Alma perforó mis muertos tímpanos y por un segundo, creí que vendría a mi lado a acompañarme en mi mismo estado. Pero, antes de que alguno pudiera reaccionar y muy pegado a su grito, se percibió un estallido contra el suelo, seguido de unos zumbidos suaves. La caja musical de Alma había caído al suelo.

―¡Nooo! ―gritó mi cuidadora, tirándose al suelo con desesperación, intentando cerrar la caja y atrapar un algo invisibles a mis ojos―. Las almas no. No puedo perderlas, no. No.

Mientras ella se lamentaba, intentando meter cosas en la caja, con los ojos ahogados en lágrimas y angustia, yo descubrí algo a mi frente. Era una especie de diente de león, aunque también me recordaba a una pequeña medusa. Estiré la mano para tocarla, cuando el grito de Alma me detuvo.

―¡No! ¡No se te ocurra tocarla!

Luego, la tomó entre sus manos y la guardó en la caja, comenzando a contarlas.

―…diez, once, trece… Trece, sí. Trece, están todas ―Cerró la caja y se abrazó a ella, con los ojos cerrados y un suspiro hondo de alivio. Así permaneció por unos largos segundos, mientras yo, con la boca semiabierta, buscaba hablar y tratar el tema que había venido a tratar: Enamorarla.

Pero entonces, sus ojos se abrieron y antes de que yo pudiera soltar una palabra, su mirada de alivió cambió por una encendida, inyectada en odio.

―¿Qué estabas haciendo allí? ¡Sabes perfectamente que las almas no pueden salir hasta que uno de los cuidadores aparezca! ―me recordó algo que ya sabía.

Alma tenía la manía de repetir las órdenes todas las mañanas. Para las almas antiguas era un dolor de huevos, pero para las nuevas (aunque lo ignoraran) era necesario. Porque si eran como yo, se les olvidaban a cada rato. Esta orden, en cambio, la recordaba muy bien, porque fue lo primero que Luis me dijo cuando le comuniqué mi plan.

―Te estaba esperando ―le respondí simplemente, con un tono inocenton que buscaba ser perdonado. Su rostro volvió a enrojecer de bronca, aunque percibía cierto desconcierto. Creí que iba a decirme algo más, a volver a gritarme, pero simplemente cerró sus ojos y exhaló un suspiro lento y hondo, hasta que vi su rostro calmarse.

―Vete a las habitaciones ―me dijo, resoplando con fastidio y pesadez, intentando no alterar su voz.

―Pero tengo que…

―Vete y luego hablaremos― me interrumpió, dejando la caja musical en una esquina apartada de mí, por precaución―. Ahora regresa que debo abrir las puertas y preparar la tienda.

―¿No puedo quedarme? Quiero ver la luz del amanecer. Hace mucho no la veo…

(Lector, en las habitaciones de las almas no hay ventanas. Ni una sola… Es más, creo que ni siquiera debería llamarse habitación cuando se trata de un simple sótano, sellada a cal y canto. Tampoco tenemos luz, pero eso no importa porque para nosotros no existe la oscuridad cegadora. La única oscuridad que vemos en la de nuestra muerte. Tampoco hay camas, baños o espejos.)

―No, sabes que no puedes. Vuelve, por favor. Se hace tarde. Vuelve ―me insistió repetidas veces. De haber podido me habría empujado y sé que lo ansiaba, porque vi el amague de sus brazos por hacerlo. Por unos segundos, posiblemente, Alma y yo ansiamos lo mismo. Estar vivos para tocarnos… Claro, con diferentes intenciones.
Regresé al sótano a regañadientes, apretando en mi puño la lista que horas antes me había hecho sentir orgulloso. Ahora me apenaba tanto que la partí en pequeños trozos y la eché detrás de unos cuadros viejos, una zona que nadie barría nunca, y bajé en búsqueda del consuelo de mi único amigo. Pero éste continuaba durmiendo así que me aparté, esperando a que despierte.

¿Quieres saber cómo “duerme” un alma? Sinceramente, no sé por qué le llaman dormir. Lo que hacemos, al bajar al sótano es escribir nuestras historias. Todas las noches escribimos algo que recordamos de nuestras vidas y lo plasmamos con las palabras que se nos venga a la mente. Ejemplo, si recordamos que tomamos helado, escribimos “frío, dulce, agua, suave, azúcar, agradable”; o bien, formamos un texto coherente. Todo está permitido. De esta forma, escribiendo, nos vamos deshaciendo de nuestro pasado. Cuando ya somos un alma sin nada que escribir, nos ponen “a alquilar”. Casi todos los días se van dos o tres almas.

Me extraña que Luis, con su cantidad de años, todavía no sea un alma lista. Cuando le comuniqué mi preocupación, él dijo: Viví una vida larga y aún no ansío volver a ella, al sufrimiento. Aún tengo recuerdos de los que no me quiero apartar y perder, así que voy lento, a mi paso.

Decidí imitarlo. Si no enamoraba a Alma, entonces aguardaría a su lado por mucho tiempo, hasta que venga a mi lado. Y es que si estar en otro cuerpo significa olvidarla, prefiero pasar el resto de mi vida como alma.

No me quiero

No, no me quiero.

 

Así comienzo mis días desde los quince años. No me quiero y punto. Nunca me quise. Hubieron momentos que dije en voz alta “Sos genial y lo sabes”, pero por dentro no era así. ¿Y por qué lo dije entonces? Para satisfacer a los demás. Para hacer sentir bien al otro y que se quede tranquilito, que no me voy a hacer nada. Pero yo no me quiero y nunca me quise y, posiblemente, nunca me quiera.

 

He visitado psicólogos, sí. Tres psicólogos diferentes que me hicieron sentir mínimamente bien, pero no lo consiguieron. También me llené de lecturas sobre autoestima y quererte a vos misma, que sos única, que lo importante es valorarte a vos misma y todo lo demás. Todo eso que nos venden día a día. Pero, no. Yo no me quiero y lo acepto.

 

No me quiero cuando estoy rodeada de otras personas que triunfaron. No me quiero cuando escucho que hablan de personas que se casaron, tuvieron hijos, son felices y demás. No me quiero nunca.

 

Me quiero un poquititititito cuando escribo. Cuando mi cabeza se aleja un poquito de esas comparaciones inevitables que me hago hasta con las rocas y puedo dejar que las palabras fluyan tan hermosas. Pero, en un segundo, me vuelvo a odiar porque me olvidé de tal palabra, porque no recuerdo como se escribe esta otra o porque tal oración me quedó tan trillada que da asco.

 

Me odio cuando lloro por mí. Porque me siento tan débil y estúpida. porque me muerdo las lágrimas para no sentirme patética, porque considero debilidad llorar por mí cuando debería llorar por otras cosas. Por chicas que aparecen muertas, por gente tras las rejas que debería estar libre y viceversa. Por el hambre, la pobreza y la injusticia. Porque leo a todos y siento que no tengo que pensar en mí, sino que vivir actuando para hacer feliz a todo el mundo. Entonces, mi odio se desencadena de vuelta en que no hago nada por hacer el mundo feliz, porque vivo malhumorada y triste, y odiándome. Porque hago todo difícil. Porque voté a Macri. Porque no sé un choto de política y porque no me interesa, entonces me odio porque debería interesarme por esas cosas.

 

Me odio porque siento que no maduro más. Y esta es la máxima razón, supongo. Me odio porque soy cualquiera, porque no crezco (mentalmente)

 

Me detesto porque me dejo influir a los demás. Porque siento que tengo que ser como ellos constantemente, que tengo que imitarlos en todo. Que si no fumo, soy una tarada. Si no me gustan ciertas bebidas, soy idiota. O porque no tengo interés en probar drogas.

 

Me odio porque odio mi cuerpo. Y odio mostrarlo. Y no puedo aceptarlo como es, porque aun ahora no puedo hablar de mi cuerpo sin sentirme avergonzada. Ni siquiera me gusta pensar en mi cuerpo. Odio usar pantalón corto, remeras escotadas, chancletas o musculosas. Entonces voy a la playa con remeras o vestidos para que no se vean mis piernas blancas y gordas. Todas llenas de celulitis y estrías. Y odio no ser despreocupada como todas las demás personas que se pasean en bikini.

 

No me quiero por mi cara, por mis labios resecos, mi nariz, mis cejas, mis ojos, mis pestañas, mi cicatriz bajo el labio. No me quiero en absoluto por mi cara. No, no, no me quiero nada cuando pienso en mi cara. En todo los defectos que tiene. Mis lentes, mis ojos. Mi sonrisa, mis dientes, mis muelas, mi lengua. la manía que tengo de morderme la parte interna de mis cachetes. Me odio por estar siempre tensionada y sentir que la cabeza me va a estallar por la presión, por mi mandíbula, por mi cuello que constantemente duele.

No me quiero por mis gustos. Porque me gusta escuchar música y luego me pongo a pensar: ¿qué mierda haces escuchando algo que no es para personas de 24 años? Me odio porque me avergüenzo de eso. Porque ni siquiera sola soy capaz de escuchar música o ciertos grupos sin pensar: ¿Qué pensarían si te escucharan o te vieran escuchando esto?

 

No me quiero porque no quiero enamorarme de nadie. Porque no quiero tener novio, ni esposo ni nada. Y porque la única persona que quiero y que me gusta, no pueda tenerla por la distancia. Me odio porque es la única persona que me hace superarme día a día en escritura y lectura. Y porque, me quiero un poquito cuando pienso en él y empiezo a bromear. Y me odio porque me avergüenza hablar de él o reconocer que me gusta y porque me lo tengo que guardar porque “no hay nada más estúpido que querer a alguien que vive lejos”.

 

Me odio porque quiero estar sola y “¿Quién en su sano juicio quiere estar sola? Está tan mal estar sola”. Porque no me gusta salir de casa y pasear acompañada. Me odio porque quiero caminar sola y recorrer tiendas sola. Encerrarme en La boutique del libro por horas y horas,pero a nadie le gusta encerrarse a ver libros. O eso siento yo, que aburro, que agoto, que canso. Me odio porque odio los sitios con mucha gente, odio que me toquen, que me abracen, que me miren.

 

No me quiero porque prefiero pasar el tiempo con mis hermanas y mis sobrinos que con mis amigos o gente de mi edad. Porque no me identifico con nadie, porque me siento mal, porque no estoy cómoda. Me odio porque siento que mi silencio incomoda, pero si hablo siento que digo estupideces. Porque me gusta más escuchar que hablar.

 

No me quiero porque lo único que quiero hacer en mi vida es escribir. Porque solo quiero escribir y escribir y viajar. Y seguir escribiendo, leyendo, viajando. Y hacerlo sola, completamente sola. Quiero estar sola hasta hartarme.

 

Me odio porque no tengo una mejor amiga/o, ni un confidente. Porque mis únicos confidentes son los documentos de word donde puedo escribir y volcar todo hasta sentirme mejor y quererme un poquito. Y porque esto no es ni un 90% de todo lo que me odio.

 

Y me odio porque todas las razones por las que no me quiero es por mi culpa.